

La historia de la Sala Rock-Ola contada por aquellos que la vivieron en su día o con posterioridad.
LOS LOCALES DE LA MOVIDA: HISTORIA DE ROCK-OLA
Todas las crónicas de la nueva ola consideran que esta comienza a desarrollarse desde el momento en el que se abren una serie de bares y locales de conciertos en los que los que es posible escuchar música interesante y ver en directo a los nuevos grupos madrileños surgidos a la sombra de la eclosión punk y sus posteriores ramificaciones. Estos locales actuaron como espacio de reunión en los que se encontraban los que "estaban en la onda" y al mismo tiempo expandían la nueva música a cualquiera con el interés y la curiosidad suficiente para acercarse a ellos.
El papel fundamental de estos locales en el nacimiento y desarrollo de la nueva ola ha sido enfatizado por la mayoría de los que se han acercado a este fenómeno desde un punto de vista reflexivo. Para José Manuel Costa, en la movida "no existe una coherencia teórica, ideológica o filosófica. Existía un punto de encuentro, pero no existía más que ese punto de encuentro" (Costa, en Gallero, 1991; 64).
Es evidente que estos locales no surgieron de la nada, sino que son, en general, herederos de una tradición en la que los bares son centros de difusión de una música particular y lugares de reunión para sus amantes. Los grupos que confluyen en el nacimiento de la nueva ola llegan desde los mismos canales y poseen un background cultural bastante similar
Empiezan a montar puestos en el Rastro y a ir vestidos de forma mucho más loca. Había un montón de gente intentando hacer cosas. Abren una serie de bares, el Armadillo, el Pláxtico. A La Vaquería le habían puesto una bomba los guerrilleros de Cristo Rey. Al principio, allí por el 76, íbamos a una discoteca que se llamaba M&M o a Stones. En M&M ponían a Lou Reed, David Bowie, Rolling Stones. Todos estábamos en lo mismo, teníamos los mismos canales : la revista Vibraciones, la prensa marginal, alguien que venía de Amsterdam o de EEUU y contaba... Yo estuve en Amsterdam un tiempo, cuando había miles de jóvenes en la plaza del Dam (García Alix, en Gallero, 1991, 156)
El primer local que se convierte en emblema de la época es el Penta, en el barrio de Malasaña, inaugurado en 1976, "lugar de reunión de los dj's de la cercana Onda Dos y de los grupos que pugnaban por grabar un disco en aquellos momentos de esplendor creativo". En el mismo barrio, en 1979, abrió sus puertas La Vía Láctea, y también en el centro de Madrid, El Sol "la principal sala de conciertos de los grupos de la nueva ola; en sus momentos de esplendor allí lucieron los mejores culos de la cosecha del ochenta". Cerca de esta sala se encontraba el Jardín, "concebido como el lugar al que ir si no se tenía el aspecto, la edad o el dinero suficiente (lo más corriente) parea entrar en El Sol". En 1980 se abrió la cafetería de los cines Alphaville, en la plaza de España, que funcionó a la manera de un cine club en el que se proyectaron los primeros cortos de Pedro Almodóvar. (López, 1992, 64)
En la breve historia de la nueva ola que abre esta investigación ya he citado el papel que los locales de la Ciudad Universitaria tuvieron, en especial el homenaje a Canito, batería de Tos, en la escuela de Caminos (febrero de 1980) y la Fiesta de la Primavera en la escuela de arquitectura, que congregó a 15.000 personas. Los colegios mayores acogieron en varias ocasiones las actuaciones de los grupos primerizos.
Otras salas importantes de la época fueron el teatro Martín, que "dirigido de manera bastante caótica, compartía llenos hasta la bandera con fracasos espectaculares; los sonidos bien hechos con conciertos suspendidos por falta de equipo"; el Escalón, "un espacio reducido suficiente para albergar a la bulliciosa y escueta movida" y Carolina, dirigida por el periodista Miguel ángel Arenas y situada en el barrio de Tetuán (López, 1992, 64). El reducido aforo de la mayoría de estos locales contribuyó a crear la conciencia de grupo que caracteriza a la nueva ola
Conocí sobre todo a mucha gente de la música, que fueron quizás los más aglutinadores. Era en los conciertos donde se relacionaba la gente. Al final se formó una camarilla, porque se trataba de espacios relativamente pequeños, para muy poca gente. Me refiero a los conciertos de Alaska y los Pegamoides, los Zombies, Radio Futura, aunque estos eran mayores. (Martín Begué, en Gallero, 1991, 146)
Pero de todos los locales será Rock-Ola la que se convierta en un referente mítico de la nueva ola. Esta sala, situada cerca de la Avenida de América, nació como la ampliación de la sala Marquee, abierta a finales de 1979 al reconvertir un music-hall en sala de conciertos rock bajo la dirección de Paco Martín, a la larga afamado productor. Para Jorge González, propietario de la sala, el punto de partida que lo convenció de la necesidad de ampliar el aforo fue un concierto de Mamá y Los Secretos en otoño de 1980 en el que más de 1.000 personas se quedaron fuera. Se decidió entonces adecuar el local contiguo, el antiguo cine Mónaco, ahora sala de bingo, y nace así Rock-Ola el 1 de abril de 1980, con un concierto de los punk ingleses UK Subs.
Rock-Ola se trataba sobre todo de una infraestructura dotada de una imprenta, equipo de sonido, material audiovisual, carpinteros, electricistas, técnicos, cámaras, diseñadores y cartelistas propios, algo que no poseía ninguna sala entonces, y sin la cual su éxito y duración serían inexplicables. Dicha infraestructura estaba puesta al servicio de una idea, la idea de que los grupos ganasen dinero suficiente para poder no sólo subsistir y perfeccionarse, comprándose material nuevo, mejor y más sofisticado, sino, en el caso de los muy conocidos, vivir de su trabajo. (González, en López, 1992, 72)
El hecho de poseer esa infraestructura, unido a su amplio aforo, convirtió Rock-Ola en el templo de la música madrileña, alternando conciertos de las bandas madrileñas más representativas con las figuras internacionales descollantes en el panorama punk y after punk, como Iggy Pop, Spandau Ballet, Simple Minds, Durruti Column, Echo and the Bunnymen o Siouxside and the Banshees. La contratación de estos grupos en su momento de mayor éxito internacional sirvió como primer paso de cara a la inserción de España en el mapa de las grandes giras internacionales, y fue posible gracias a la creación, como parte de la infraestructura de Rock-Ola, de la agencia de contratación Klub!, a cargo de Mario Armero.
Dos aspectos sobre el ambiente de Rock-Ola son citados con profusión por los que tuvieron la oportunidad de conocer la sala; por un lado, la convivencia de distintas tribus urbanas en el mismo local
Que pudieran convivir punkis, rockers, mods, gente de traje serio y demás fue otra de las cosas que fomentó el éxito del local (Rodríguez, en Gallero, 1991, 386).
Estar en Rock-Ola era como estar en el Arca de Noé; la mezcla de rockers, rockabillys. mods, punkis, tecnos, nuevos románticos, todos apiñados y encantados, era algo bíblico. Parecía como si en exterior estuviera el diluvio universal y lo de dentro sirviera para perpetuar la especie (Fabio de Miguel, en Gallero, 1991, 389)
El segundo rasgo señalado es la identificación de Rock-Ola con un crisol cultural en el que se encontraban artistas de diversos campos (pintura, fotografía, diseño, moda) y en el que se fraguaban constantemente proyectos
Rock-Ola era un sitio donde una noche si y otra también podía encontrarme con Pedro, Olvido, Ceesepe, Poch, Edy y un sinfín de personajes, hoy mundialmente famosos (...) Todos ellos estaban formando grupos, haciendo películas, pintando, componiendo, conspirando y bebiendo. Era como si yo fuera negro y viviera a dos manzanas del Apollo en los días en que Michael Jackson iba a ver como bailaba James Brown (Ordovás, en Gallero, 1991, 389)
A un nivel estrictamente musical, la sala Rock-Ola fue el primer intento de crear una gran sala en Madrid en la que los grupos nacionales, incluso primerizos, pudiesen trabajar en las mismas condiciones que los grupos internacionales punteros, un intento que aún hoy está lejos de fraguar en un Madrid al que las grandes estrellas del rock deciden no acudir ante la inexistencia de un local con aforo y calidad acústica suficiente.
Rock-Ola sirvió también de lanzamiento a infinidad de grupos totalmente desconocidos, a los que se brindó la posibilidad de 1) poder actuar en el mismo escenario, con el mismo sonido y las mismas luces que las primerísimas estrellas españolas y extranjeras del momento; 2) relacionarse entre ellos; 3) promocionarse y darse a conocer ante la prensa y los disk-jockeys; 4) conseguir contratos en casas de discos que les permitieron triunfar profesionalmente, caso de Hombres G (López, 1992, 72)
En marzo de 1985, tras una pelea entre punks y rockers, Demetrio Lefler muere apuñalado en la puerta de Rock-Ola, lo que lleva a las autoridades a cerrar la sala. Era el fin de cinco años de actividad cultural frenética y el nacimiento de un mito generacional, resumido por las palabras de Diego Manrique: "Rock-Ola fue un sitio en el que a veces casi se pudo tocar la felicidad" (en Gallero, 1991, 389).
| (Extracto de la tesis doctoral "EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ" MÚSICA POP Y CAMBIO CULTURAL EN ESPAÑA. MADRID 1978-1985, de Héctor Fouce Rodríguez. Madrid, 2002. ISBN: 84-669-2188-5) |
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RESOLUCION DEL RECURSO DE CASACION SOBRE LA MUERTE DE DEMETRIO LEFLER
A continuación, y gracias a la colaboración de uno de vosotros, podéis consultar el fallo de 1988 del Tribunal Supremo en relación a lo sucedido en día 10 de marzo, fecha clave en la clausura de la Sala Rock-Ola.
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